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La frase de Julián «la decisión es mía, también el error, si me equivoco» es casi la definición que dio Max Weber de qué separa al político del funcionario: el funcionario aplica la norma sin responder del resultado, el político elige entre bienes legítimos incompatibles y carga con las consecuencias. Ágora hace perfectamente la mitad weberiana del funcionario -calcula, simula, se niega a opinar sobre qué opción generaría menos quejas porque «no consta como objetivo válido»-; la otra mitad, la de decidir qué se pierde y explicarlo con la cara descubierta, sigue sin poder delegarse.

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Por supuesto, sigue adelante.