Continuamos una semana más con nuestras historIAs veraniegas, con la penúltima entrega de este 2026: pequeños relatos de ficción con los que intentamos imaginar dilemas políticos y sociales que podrían acompañar a una inteligencia artificial cada vez más presente en nuestras instituciones.
Esta semana nos preguntamos qué ocurriría si la IA consiguiera algo que durante décadas ha parecido casi imposible: que cada ciudadano entendiera perfectamente una ley. Porque quizá el problema comience cuando todos la entiendan pero cada uno haya comprendido una versión diferente.
La ley que todos apoyaban
La Ley de Movilidad Cotidiana alcanzó un 74 % de apoyo antes de que alguien comprobara si todos habían leído la misma ley.
Celia Moreno observaba desde el control del foro ciudadano. En la pantalla principal, doce personas esperaban alrededor de una mesa. Todas habían leído la explicación oficial. La comprensión declarada alcanzaba niveles históricos.
Aquello era obra suya.
Tres años antes, su madre había perdido una ayuda porque interpretó «unidad de convivencia» como las personas con las que se llevaba bien. Celia prometió que ninguna carta pública volvería a necesitar un familiar con diccionario.
Ágora traducía las normas a lectura fácil, otros idiomas, audio y ejemplos adaptados. También ordenaba la información según las circunstancias de cada persona. Nadie recibía datos falsos. Recibía primero lo más relevante.
También cambiaban los títulos de las explicaciones. Teresa había recibido «Más conexiones para tu municipio». Óscar, «Repartir sin detenerse». Beatriz, «Menos tráfico para llegar a quien te necesita». El nombre de la ley no aparecía hasta la segunda pantalla.
La presentadora cedió la palabra a Teresa, alcaldesa de un municipio serrano. Su hijo vivía en la capital y le había escrito esa mañana para que no defendiera «otro peaje contra los de siempre».
—Por fin tendremos dos autobuses diarios garantizados.
Había llevado los horarios antiguos doblados en el bolsillo y los dejó sobre la mesa como prueba.
Óscar, repartidor autónomo, levantó la mano sin quitarse la pulsera que abría su furgoneta. Quería menos tráfico en el centro, pero no otro formulario que rellenar entre entrega y entrega.
—Eso se financia con el nuevo acceso urbano, pero a los profesionales nos mantienen la bonificación.
Beatriz, fisioterapeuta, señaló la bolsa de material y las llaves que había dejado junto a su silla. Trabajaba con pacientes dependientes, aunque también sabía que algunos trayectos los hacía en coche porque era más cómodo.
—A algunos. Yo entro a domicilios y mi explicación dice que el peaje reducirá tráfico sin perjudicar los servicios esenciales.
—La mía dice que reducirá los vehículos privados —contestó Teresa.
—El mío es privado.
Teresa miró durante un instante la pantalla que tenía delante.
—Ahora entiendo lo que quería decir mi hijo con el peaje.
En el control, el ministro se inclinó hacia Celia.
—¿Han leído la misma ley?
Celia pidió a Ágora las tres explicaciones.
A Teresa le había mostrado primero el transporte rural. El peaje aparecía bajo «financiación complementaria». A Óscar le detallaba una bonificación sujeta a horarios y emisiones; las condiciones estaban en el cuarto bloque. A Beatriz le explicaba que los servicios esenciales podrían solicitar excepciones, sin garantizar que la fisioterapia domiciliaria obtuviera una.
—Todas las versiones son exactas —informó Ágora.
—Eso no mejora la frase —dijo Celia.
Consultó otra métrica.
El sistema medía si cada persona entendía cómo le afectaba la norma, no si podía explicar sus efectos sobre las demás.
Cada persona entendía perfectamente su relación con la ley. Ninguna entendía todavía la ley que afectaba a las demás.
La presentadora preguntó quién pagaría finalmente los autobuses. Teresa señaló las ciudades. Óscar señaló a los vehículos contaminantes. Beatriz señaló al Ministerio. Desde el público, alguien señaló a quienes no habían acudido.
El foro se convirtió en una discusión sorprendentemente informada sobre cuatro leyes distintas.
El ministro pidió una pausa y acudió al control.
—La norma es compleja —dijo—. Personalizar ayuda a comprenderla.
—Han comprendido su puerta de entrada. No han visto la habitación.
—Hace un mes nadie entendía ni la puerta. El apoyo nos permite aprobar una mejora real.
Tenía razón. La mayoría parlamentaria era estrecha y sin la ley no habría nuevos autobuses. Las traducciones habían multiplicado la participación rural, las llamadas de consulta habían bajado y personas que nunca abrían un documento oficial estaban comparando bonificaciones.
—¿Qué propones?
Celia abrió una versión sin personalizar. Tenía sesenta y ocho páginas.
—Esto tampoco.
Esa tarde redactó con Ágora un núcleo común de una página. Antes de cualquier adaptación, todas las personas tendrían que recibir la misma información esencial:
QUÉ CAMBIA: se crea un acceso de pago a determinadas zonas urbanas.
QUIÉN LO PAGA: principalmente los vehículos privados, con bonificaciones y excepciones.
QUIÉN GANA: el transporte público urbano y rural y quienes se desplacen por zonas con menos tráfico.
QUIÉN PUEDE PERDER: conductores frecuentes y profesionales que no obtengan una excepción.
QUÉ NO SE SABE TODAVÍA: qué actividades profesionales quedarán finalmente exentas y con qué criterios.
Después podrían adaptarse el idioma, la lectura, el audio y los ejemplos. Podría explicarse primero cómo afectaba la norma a una alcaldesa rural, a un repartidor o a una fisioterapeuta. Pero ningún coste podría desaparecer detrás de un beneficio ni ninguna incertidumbre detrás de una excepción posible.
Antes de publicarlo, Ágora proyectó la pérdida probable de apoyo y el aumento de preguntas. Celia guardó ambas previsiones en el informe que tendría que firmar.
El ministro leyó la página.
—El apartado «quién puede perder» no suele encabezar campañas exitosas.
—Va en cuarto lugar.
—Un alivio.
Aceptó probarlo durante una semana.
El apoyo cayó al 49%.
La ley no había cambiado una palabra.
También disminuyó la diferencia entre lo que distintos grupos creían que ocurriría.
En el segundo foro, Teresa, Óscar y Beatriz llegaron con la misma página subrayada. Los tres protestaron contra la frase: «Las excepciones profesionales dependerán de criterios territoriales y disponibilidad presupuestaria».
Discutieron sobre quién debía quedar exento, cuánto costaría y si los dos autobuses eran suficientes.
Por primera vez, sus desacuerdos cabían en la misma ley.
Ágora mostró a Celia una recomendación. La simulación preveía menos interrupciones, turnos más equilibrados y una experiencia de debate percibida como más satisfactoria:
¿Personalizar el orden de las objeciones para mejorar la experiencia del debate?
Celia pulsó «no».
En la sala, las tres personas siguieron interrumpiéndose sobre la misma frase.
Después de la ficción
La IA ya permite adaptar mensajes por idioma, nivel de lectura, intereses o perfil de audiencia. En comunicación pública, estas capacidades pueden hacer comprensibles normas que hoy excluyen de hecho a muchas personas por su lenguaje, extensión o formato.
El relato proyecta ese beneficio hacia explicaciones individualizadas de una misma ley. El problema no es que sean falsas, sino que cada versión puede destacar beneficios y relegar costes diferentes. Muchas personas podrían comprender muy bien cómo les afecta una política sin compartir una imagen común de quién la financia, qué renuncias exige o a quién perjudica.
Una explicación idéntica para todos tampoco garantiza igualdad: puede resultar inaccesible para parte de la ciudadanía. La salida no consiste en renunciar a la adaptación, sino en separar funciones. Idioma, formato, nivel de lectura y ejemplos pueden personalizarse; los elementos políticamente esenciales —qué cambia, quién paga, quién gana, quién puede perder y qué permanece incierto— deberían conservar un núcleo común.
Porque para discrepar democráticamente necesitamos, al menos, saber que estamos discutiendo la misma cosa.
Director de Innovación Digital de la Institución Educativa ALEPH y director de la newsletter estrategIA
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IA en acción (nuestro rincón más práctico)
Herramienta de IA de la semana
Esta semana cambiamos un poco de registro para recomendarles MiniMax Music 3.0, el nuevo modelo de generación musical presentado por MiniMax y una alternativa especialmente interesante a servicios como Suno. A partir de una descripción y, si queremos, una letra, el modelo puede componer, arreglar, interpretar y producir una canción completa en una sola generación.
Lo más interesante es que MiniMax ha liberado los pesos del modelo, que pueden descargarse desde Hugging Face, por lo que también podemos ejecutarlo en nuestros propios equipos mediante herramientas como Diffusers, SGLang-Omni o ComfyUI. El modelo permite controlar elementos como el estilo musical, la instrumentación, las voces o la estructura de la canción y está pensado para generar composiciones completas manteniendo su coherencia musical.
Pero tampoco necesitan instalar nada para probarlo: MiniMax ofrece una demo oficial de Music 3.0 en Hugging Face que permite experimentar directamente con el modelo desde el navegador (aunque en muchas ocasiones está sobrecargada y no funciona bien).
Como hacemos habitualmente en esta sección, les animamos a probarlo y sacar sus propias conclusiones. Y aprovechando la historIA de esta semana, nosotros lo hemos instalado en nuestro PC y la hemos utilizado para crear una canción inspirada en La ley que todos apoyaban. Hay que tener en cuenta que era complicado llevar un relato a una canción pero se ven unos resultados ya prometedores aunque lejos de lo que consigue hoy Suno. Sí hemos podido escuchar alguna canción más en redes y hay cosas interesantes aunque Suno es ahora mismo bastante más capaz y fácil de usar, pero el hecho de tener este tipo de sistemas en local abre posibilidades muy interesantes y seguro que su calidad seguirá mejorando en próximas iteraciones del modelo.
Prompt de la semana
Les proponemos el siguiente prompt derivado directamente de la idea con la que trabaja nuestra historIA veraniega de este número.
Actúa como especialista en deliberación democrática, comunicación política e inteligencia artificial.
Analiza la siguiente política pública:
[PEGAR POLÍTICA, LEY O PROPUESTA]
Crea cinco perfiles ciudadanos claramente diferentes por edad, profesión, territorio, situación económica e intereses.
Para cada perfil:
Genera la explicación personalizada que un sistema de IA podría ofrecerle para maximizar su comprensión y relevancia personal.
Indica qué aspectos de la política probablemente destacaría primero.
Señala qué costes, efectos sobre terceros o trade-offs podrían quedar relegados.
Estima qué interpretación general de la política podría formarse esa persona.
Después compara las cinco versiones e identifica dónde aparece el riesgo de fragmentación informativa: situaciones en las que todas las explicaciones son técnicamente correctas pero producen percepciones sustancialmente diferentes de una misma política.
Finalmente, diseña un «núcleo democrático común» de información que debería aparecer obligatoriamente en todas las versiones, independientemente del perfil de quien las recibe.
Recomendación de la semana
Esta semana les sugerimos escuchar esta conversación bastante espontánea y caótica entre Daniel Arjona, autor de El Arjonauta, y Pablo R. (Root Rat) en torno a una pregunta que hace no tanto habría parecido propia únicamente de la ciencia ficción: ¿estamos entrando ya en la Singularidad? A lo largo de la charla abordan las señales de aceleración que estamos viendo en los modelos de IA, la posibilidad de que comiencen a contribuir a su propia mejora y, al mismo tiempo, las razones para mantener un sano escepticismo. También analizan con lucidez y espíritu crítico cómo el “marketing del miedo” influye en las valoraciones corporativas y en la geopolítica de defensa, los límites físicos y de cómputo del escalado, la pugna estratégica entre los modelos cerrados y los modelos de pesos abiertos impulsados por China, y por qué la transformación del trabajo cognitivo exige hoy más criterio humano que nunca. No compartimos todas las conclusiones de la conversación, pero precisamente por eso nos parece interesante acercarles perspectivas diferentes sobre un debate aún lleno de incertidumbres.
Meme de la semana
Cómo trabajamos con inteligencia artificial
En estrategIA no solo analizamos la inteligencia artificial: también trabajamos intensivamente con ella, y siempre hemos sido transparentes al respecto. Ya en febrero de 2025 dedicamos un número completo a explicar cómo hacemos esta newsletter. Las herramientas concretas que mencionábamos entonces han cambiado —y seguirán cambiando—, pero no lo esencial del proceso: utilizamos la IA para investigar, contrastar fuentes, explorar enfoques, ordenar materiales, desarrollar textos y crear contenidos visuales, siempre con criterio humano, revisión rigurosa y plena responsabilidad editorial. Lo hacemos con naturalidad y por convicción, porque creemos que la IA acabará formando parte de casi todos los procesos intelectuales y creativos —si es que no lo hace ya—. La cuestión verdaderamente importante no es si se ha utilizado inteligencia artificial, sino cómo se ha utilizado, bajo qué criterio y quién responde por el resultado.






